Simplificando, la cerusa veneciana se fabricaba en el Renacimiento calentando una mezcla de polvo de plomo y vinagre. El resultado era una pasta grumosa que blanqueaba el rostro para cumplir con la preferencia por la palidez que tiranizaba desde la Antigua Grecia. “El maquillaje con plomo fue especialmente popular entre las mujeres del período Edo en Japón, las de la Italia del Renacimiento y las de la Inglaterra isabelina, aunque también lo emplearon mujeres francesas y aristócratas alemanas”, escribe Katy Kelleher en La terrible historia de las cosas bellas (Alpha Decay). Las mujeres se envenenaban con plomo maquillándose. Lo sabemos bien, porque se nos ha narrado cansinamente. Pobres atolondradas. Lo que no se ha contado tanto es que los ricos comían en platos de cerámica esmaltada con plomo y bebían en cálices decorados con el mismo metal. “Sin embargo”, añade Kelleher, “pese a su presencia en tantos ámbitos, ha sido su empleo cosmético lo que ha inflamado la fantasía del público, algo que no han conseguido ni las jarras ni las bañeras esmaltadas”.
Fotografía y realización:
Mirta Rojo
Asistente de fotografía:
Maitane Huidobro
Fuente: elpais.com