Gorro gris encasquetado hasta las cejas que protegen los ojos claros, la mirada que casi sin pensar asignamos a los hijos de la mar, un pelín triste, nostálgica, más bien soñadora; tabardo marinero azul marino, hombros anchos cargados que disimulan su 1,83 de altura, las manos en los bolsillos, cabeza inclinada para avanzar contra el viento huracanado que la tormenta Austen descarga a más de 100 por hora contra los viejos muros de Saint Malo. Charles Caudrelier se funde con el cielo y el mar gris, casas de piedra gris, gris pizarra en los tejados y gris asfalto, una mañana de finales de octubre. Un héroe transparente, invisible, anónimo entre los cientos de personas que dan vueltas alrededor del puerto, cerrado su acceso, y buscan huecos en las vallas desde los que poder admirar tanto espléndido barco amarrado en dársenas y pontones, agitados por oleajes inevitables.
Fuente: elpais.com