Vestir camisa y jersey azul marino combinado con mocasines y una falda negra es vestir muy Prada, el punto negro desgarrado mezclado con el gris es muy Comme des Garçons o la camiseta blanca y los vaqueros rectos son muy Calvin Klein (sobre todo ahora que gracias a la serie Love Story medio planeta se ha obsesionado con el armario de Carolyn Bessette). Los mejores diseñadores, pocos, son los que, más allá de hacer un buen producto o un diseño novedoso, son capaces de crear una especie de estructura del vestir, una forma de relacionarse con la ropa que trasciende a la propia marca. Se puede ir a lo Prada, a lo Calvin, a lo Comme o a lo Helmut Lang sin vestir sus productos, solo hace falta conocer su lenguaje y hablarlo. Curiosamente, esa rarísima cualidad también la poseen Tom Ford y Alessandro Michele, dos diseñadores en las antípodas a nivel estético pero que supieron obrar el milagro de convertir a Gucci en una marca superventas que batió récords de facturación y de influencia en el cambio de siglo y hace poco menos de una década, respectivamente. Y ese don excepcional de inventar un estilo también lo posee Demna, que convirtió Balenciaga en esa marca que la gente vestía sin saberlo. Gente que no ha comprado en la marca en su vida, gente normal que un día se vio con unas gafas estrechas, unas zapatillas sobredimensionadas en un abrigo oversize de hombros armados.
Fuente: elpais.com