Las amenazas que se ciernen sobre las democracias occidentales, y en particular sobre Europa, son conocidas. La enfermedad ha sido diagnosticada. Y no va a desaparecer de la noche a la mañana. Por eso, más que lamerse las heridas ante un presente cargado de incertidumbres —de la inteligencia artificial a la deriva totalitaria, del desmembramiento del viejo orden mundial al auge de la polarización y del odio—, tal vez valga la pena pasar a la acción. Ofrecer “confianza” a los ciudadanos frente al desasosiego imperante y “esperanza” ante quienes tratan de certificar la muerte del proyecto comunitario. Aunque el optimismo nazca más de la voluntad que del análisis de los hechos, hay que salir a jugar la partida de ajedrez para no ser, como Stefan Zweig, espectadores de una decadencia largamente anunciada.

Fuente: elpais.com