
Hay veces que me da por pensar en cómo se muere uno. Cuando a mi padre le quedaban apenas un par de días mi hermana y yo avisamos a Gildo, el párroco del Hospital de Getafe, que además era compañero de tertulia de bar por las mañanas. En esa habitación de la cuarta planta, mientras él rezaba y nosotras decíamos amén, se escuchaba al hombre que me enseñó a nadar con ese ronquido artificial que se genera cuando tu cuerpo está repleto de morfina. Alguna vez hicimos risa nerviosa de aquello, de ese sonido que emitía la garganta de mi padre, apenas recién cumplidos los 85. Luego vinieron otras muertes que también dolieron. La de quien murió sola, sin nadie que le diera la mano. Y hay otras. A veces uno muere porque lo matan, un desconocido o la persona a la que quisiste durante muchos años. Y hay muertes tontas, las llamamos así pero maldita sea la gracia. Un árbol o una cornisa encima, un resbalón en la bañera o como murió mi abuelo, que se cayó de la moto, iba sin casco y según mi madre la cabeza cayó donde no debía.
Fuente: elpais.com